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I
Marchita el tiempo en la calle empedrada.
Desaparece en la neblina.
Asesina con pudor al prójimo.
Aprende a comer solo.
Duerme en el suelo.
Usa tu olfato más que tus oídos o tu boca.
Extiende tus manos hacia el cielo
para entender el miedo de la gente
que te mira como a un animal extraño.
Piensa en su ignorancia más grande que su mente. .
Ama a tu enemigo para que te recuerde
hasta el día de su muerte.
Sé ciego, mudo, sordo, implacable
con los que te hagan daño
y te digan huérfano y cobarde.
Vuelve a desecar el tiempo.
Cada flagelación
terminará en amparo.
II
Dios,
bueno, malo, inmaculado,
sacrificado o cruel,
se empeñó en señalarme,
despojarme, bendecirme,
en decidir cada minuto de mi vida.
Yo,
sea quien sea,
santa, maldita o terrenal,
me rebelo y no me importa
ser apedreada en las calles
o si tanto olor a azufre
-que sólo es percibido por los ignorantes-
lacera a los creyentes.
He aceptado finalmente mi verdad:
la orfandad por no admitir
que he sido creada
a su imagen y semejanza.
III
Nada va a detenerme
ahora que conozco la tiranía,
la blasfemia de la que soy capaz
al ser mi propio Dios.
Mi hermano es Caín.
Mi hermano es Abel.
Es por ello que puedo verlo a los ojos,
sentir misericordia.
y volver a otear la muerte, el odio,
el desencanto,
el perdón inmerecido en el nombre de su madre,
el poder tan inmenso
que tengo entre las manos
y una pena muy grande
que sólo se siente por la gente abandonada
de la mano de Dios.
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Para Chavela Vargas y Ulises Cabrera.
Lazos invisibles que siempre nos unirán.
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I
Despierta al minotauro que anida en tu interior,
camina hacia la luz,
verdad a medias,
descúbrete impotente ante el abismo
delante de tus ojos,
después reza,
suplica compasión,
sé justo y ciego antes de juzgar.
no pidas perdón por los actos cometidos
en nombre de un dios vivo,
del que solo tú sabes su nombre.
II
Así que ya no hay nada.
Ni un Dios por quién matar a sangre fría.
Quítame este dolor que me recorre las piernas
hasta dejarme inválida,
incapaz de correr tras de ti como una fiera herida
que no olvida traición.
III
Qué debo hacer para volver a la montaña
sin tanta humedad en mi espalda aprisionada.
Ella ha vuelto al mar,
a los fantasmas que no vuelven a la tierra.
Yo quedo carente de sentido común:
no puedo dejar de amar así, tan de repente,
ni volver a esa gran ciudad sin que esta sangre
brote de mi cuerpo.
Una corona de espinas he de darte
en nombre de aquellos que no resucitaron.
IV
He logrado abandonar tus propiedades y tu nombre,
todo lo que legaste además del tormento.
Te recuerdo como se conmemora a los muertos:
aceptando el dolor,
resignada a ser la viuda que no guarda luto,
que rechaza su herencia y huye a la cordillera
buscando un amante entre todos tus hombres,
como si jamás hubieses existido.
V
¡En cuánta soberbia hemos caído!
Todo es un delirio en el infierno
desde que tengo uso de conciencia.
Todo lo que hice me resulta degradante.
Me arrepiento de rodillas por haberte maldecido.
Déjame partir hacia esta guerra,
la última en tu nombre.
Luego habremos de elegir el camino
hacia nuestros hombres,
hacia aquellos que nos enseñaron
a amar sin tanta devoción.
VI
Puedes venir y juzgarme
si es que deseas hacerlo.
Solo estas manos que han tocado a los muertos
y comido su carne
dejarán que las azotes y quemes en tu nombre.
Qué mayor prueba de amor y de humildad
has de recibir tú, que lo mereces todo.
VII
Esta es la ofrenda de la más humilde
de todas tus mujeres,
la de los brazos rotos, la que creyó en el amor
como en una gran hoguera que jamás se extinguiría,
la que amó con devoción después de tu abandono,
la que permitió todo y se muere día a día,
la que no obtiene perdón de sí misma.
Esta soy yo, pidiendo clemencia de tu parte.
VIII
Hoy nuestro cuerpo no reconoce dársena alguna
ni corazones abiertos que renovar para el otoño.
El vientre es un puñado de pétalos y sangre,
un faro distante,
nada que nos retenga en tierra para buscar
el silencio necesario, las canciones paganas,
esa piel suave y tersa que sabe de dolores compartidos.
Nada tenemos en las manos ni en los sueños,
hoy no somos capaces de retener el invierno;
la saliva y la sangre y el sudor
son uno mismo en tiempos de inmolación.
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