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“En Piel de mar, la poesía es decurso amoroso, ritual donde la marea es expresión de la palabra, influjo lunar. Eco marítimo de partidas, barcos que se alejan y amores que regresan para perderse; celebración de los sentidos donde el cuerpo de arena es mar inexplicable”.
Fernando Ruiz Granados
“Si bien Fabiola Aranza Muñoz, en un rapto de promiscuidad generacional, había propiciado que algunos de sus textos aparecieran en ciertas publicaciones junto a los de poetas más o menos de su edad, hoy, con el volumen emblemático Piel de mar, esta novicia admite la concepción solitaria de su encargo poético y arroja su inicial botella, plena de significaciones, al vasto mar de la incertidumbre, sin saber a ciencia cierta, como le ocurre a todo autor legítimo, si habrá respuesta en el horizonte cerrado de los supuestos tiempos planetarios. La secuencia de poemas-señales presentes, diseñados con un lenguaje engañosamente cotidiano, testimonia certezas y, más que eso, interpretaciones, en un itinerante ir y venir que recuerda los trazos no lineales de los náufragos sobre una hospitalaria arena, después de haber vencido, a su manera, el frenesí poderoso de la turbiedad marina. Sintomáticamente, en este momento rememoro aquellos sabidos versos de Gilberto Owen:
Y luché contra el mar toda la noche,
desde Homero hasta Joseph Conrad,
para llegar a tu rostro desierto
y en su arena leer que nada espere,
que no espere misterio, que no espere.
No obstante la metaforización común, sólo a partir de un enemigo cuerpo complaciente del deseo y de la imaginación experimentados, es posible, en la vigilia, volver a apropiarse uno de la palabra original y repetir el terror que provoca la ausencia. Porque el amor rompe los códigos, las barreras y los límites que el tiempo ha verificado y que, implacablemente, la evocación traiciona:
los besos
que no nos hemos dado.
La inmediatez del amado y de lo que se ama en él: la nobleza desnuda de sus proyecciones, la custodia de su piel, el catálogo de sus atributos, ordenan un idioma que —hablando en especie— nunca llegará a completarse en la ansiosa rigidez de las horas. Es entonces cuando el silencio invade a la más alta catedral del acecho. También de la desesperanza. No es para menos. María Zambrano concluye que "lo oculto es lo sagrado. Lo más manifiesto es lo divino". Para vanagloria de la racionalista cultura occidental, habría que insistir en lo que señaló Ernest Becker en su Eclipse de la muerte, acerca de que el amor es un problema de tipo religioso. Y terrible es caer en manos de un dios vivo. Fabiola Aranza Muñoz, nostálgica, suplica desde las dunas de su idolatría "que a lo lejos el mar duerma por nosotros". Quiere decir que la vida, la que está siempre en otra deseada parte, la que nunca nos verá ni en el presente ni en el futuro de nuestras posibilidades existenciales, sin embargo, nos incluya en la viabilidad de sus presupuestos. De allí que el amor, sus realidades y sus carencias, generaliza la condición humana en las compuertas terminales del movimiento, aunque su luz no sea suficiente para cubrir nuestra orfandad en el instante mismo, íntegro, en que somos su imagen y su semejanza. Soledad. La sola edad del hombre, pese a la telaraña comunicacional en la que está preso. Inmerso. La del poeta, el cenobita a flor de piel abriéndose paso en las muchedumbres mercadotecnizadas y su hambre de sensaciones, la de Fabiola Aranza y los hábitos de su virginidad conceptual rotos por las alambradas del azar; rehén de sus obsesiones y sus sortilegios humeantes, repetidos desde la noche del día primero. Lo que se nombra —sabemos—- no es lo nombrado; es el aislamiento del verbo, del signo y el vacío de su notificación; es decir, una realidad virtual semejante al espejismo que ocasionan las cosas desiertas. Con todo, es lo único que poseemos, lo que nos resta para proseguir en esta sustantividad desacralizada, antes de que la eficaz representación de lo pretendidamente real nos nulifique como individuos singulares. Fabiola Aranza Muñoz, en su juventud, lo intuye. De mi lado, yo sólo celebro su ensalmación creativa que, desde ahora, ella graba en el tiempo, con estos signos en la arena, bajo el despliegue de un sublevado entusiasmo y una lastimada ternura”.
Jorge Lobillo
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“Flagelación es una palabra que pertenece a dos ámbitos en apariencia contrarios, al de la mazmorra y el claustro, uno se ejerce como castigo y el otro como vía de purificación. Al ver este libro, descubrí que la autora usaba la palabra para ambas cosas, para autoflagelarse y para infligir un castigo a ciertos fantasmas que la rondan. Es un libro oscuro y amargo, un ajuste de cuentas con los fantasmas del pasado y un paseo por el jardín en ruinas de la infancia de la autora”.
Rafael Antúnez
“En este poemario, la devoción hacia la madre y el desapego del padre reflejan el ansia devoradora que distingue a los vástagos. Por momentos semeja un acto confesional y por otros un juicio sumario contra quienes nos han dañado aunque nos amen. Hay árboles añosos que sirven como testigos de las alegrías y tragedias familiares; hay casas llenas de fantasmas que deambulan por sus pasillos polvorientos; fotografías en sepia, conversaciones inconclusas, sobreentendidos, rituales íntimos cuya finalidad es apaciguar a ese monstruo incontenible que es la ascendencia. Con ello, efectúa su catarsis y sublima, a través de la poesía, el sedimento que la enrarecida atmósfera familiar ha dejado en el tamiz de esa deidad que llamamos memoria. La sangre ha decantado aquí su fuego, memoria herida de la palabra; palabra descarnada que no busca la absolución; flagelación sobre la carne del recuerdo. Por ello, Fabiola Aranza Muñoz es una autora que ha pasado esta primer prueba del fuego, que ha aprendido que la palabra es una rosa que se alimenta de sangre”.
Fernando Ruiz Granados
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